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Ya conté como fueron mis últimos años. Tiempo es de que sepáis qué llama porta mi corazón; de cuales fueron los valles que recogieron mis lágrimas más amargas; en qué árboles jugué con ella a esconderme...En estos días tan infames, en que el Honor nada significa y el Hombre se deja aplastar
sin alzar su voz... Esta noche veo el fuego. Oigo el crepitar de la madera seca. La luz roja y calida. El calor. Arde la tronca en mi chimenea... ¿De quien somos? ¿Qué somos? Éramos un pueblo feliz. Al menos, tan felices nos creíamos que no conocímos jamás nadie más feliz que nosotros. Habitábamos las montañas, sus entrañas y sus cumbres. Amalur, la Madre Tierra, nos acogía como sus hijos más predilectos. Y nosotros la respetábamos como nuestra querida Madre. Eran muchos los clanes, tribus y ciudades. Celtiberia estaba viva. Yo vivía en Arandilla, que más tarde fue conocida como Aracillium. La libertad era nuestra bandera. Jugábamos, cazábamos, reíamos... Cultivabamos la ciencia de nuestros antepasados. Milenios de cultura y memoria. Y allá, en lo alto, brillaba Gerión, padre de todos. Y en la noche veíamos las luces eternas... El Cazador, Aldebarán... y Bera, la luna. Como ya dije, éramos felices. Vivía con ella. No diré su nombre, pues nada os diría a vos y en cambio yo volvería a llorar. Entre las hayas nos amábamos con el cariño más puro del universo. La brisa acariciaba nuestra piel, sólo una. Me emborrachaba en la insondable profundidad de sus ojos. Para ella levanté una cabaña de piedra y madera. Pero antes de que tuviesemos hijos, llegó el ronco y terrible sonido del cuerno. Un pueblo extranjero nos invadía. Tantos eran, que fueron cayendo todas las más grandes ciudades de Celtiberia... Patria, Koruña (Clvnia), Kontrebia, Konkana. Pronto sólo quedó Aracillium como único bastión. Y fuimos sitiados. El consejo se reunió. Jamás profanarían aquellos ejercitos romanos nuestro santuario. Nuestra amada ciudad. Debíamos combatirles abajo, en el valle. Pero alguien debía quedarse guardando nuestras mujeres, hijos y ancianos. Y para desgracia mía, fui yo uno de los elegídos. No me duele decirlo, pues fue más por mi demostrado valor que por mi inexistente cobardía. Corrieron por las laderas mis hermanos, saltando y aullando. Bien vimos desde arriba que muchos de aquellos mercenarios romanos intentaron marcharse, presos del pánico, pero nada pudieron hacer bajo el látigo de sus generales. El choque fue brutal, y tal cómo estaba planeado mis hermanos fueron alejando de allí el centro de la cruel batalla. Pero el invasor nos triplicaba en número, o aún más. Y alejándose, y dándose cuenta del terrible daño que les estaba causando el enemigo, subieron a refugiarse a la cumbre del monte Bindio. No soportando mi quietud, y viendo la falta que les hacíamos a mis hermanos, partímos casi todos en su ayuda. Corrímos como el más rápido de los Ciervos, con la resistencia del Lobo. Pero cuando llegamos, nuestros ojos se inundaron de las lágrimas más amargas que jamás nadie lloró. Y no fueron las únicas de aquel día. Nuestros hermanos... aquellos a quienes en la luna anterior abrazáramos junto al
fuego.. Hasta el último de los Celtiberos fue pasado a cuchillo. Muchos gritamos, y empuñando fieramente la falcata corrimos hacia aquellos hijos de puta. Pero los más sensatos nos hicieron parar y volver a defender nuestras familias. Y al subir, nada quedaba ya, sino cadáveres. Viendo desde Arandilla la masacre del monte Bindio (llamado por los cronistas romanos Vindium), decidió el consejo de ancianos no concederles la gracia de asesinar a los últimos habitantes de Celtiberia, y pusieron fin a sus vidas. Era una decisión sagrada. Todos debían obedecerla, pues venía de los más sabios. Y todos ejecutaron sus ordenes. Todos... incluso ella... La ciudad ardía, y las entradas subterraneas habían sido tapadas. Ella yacía en el suelo, junto al árbol que tantas veces nos vió besarnos entre sus ramas. Con todo el cariño del mundo, la besé por última vez, y prendí fuego a su dulce cuerpo. Algunos de mis compañeros se quitaron la vida, pero otros saltamos ladera abajo, huyendo de los bárbaros, ocultándonos de la muerte entre los árboles. Y marché de aquella tierra en el año cero después de la caída de Celtiberia, creyendo que jamás regresaría. Entonces fue cuando me llamaron Keltikoi, que en otras lenguas significa Zeltíbero, y que con el pasar del tiempo fue tornandose el Zeltiberio,Zeltiberius, Zilberius hasta llegar a Silberio. Aún no puedo dormir en paz, y veo a mis hermanos.
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